Lideresa social relata la historia de su vida
UNA VIDA PARA UNA OBRA, EL LEGADO DEL SERVICIO
La vida y la obra de una mujer bogotana que es ejemplo de fuerza y templanza, que como lideresa social se ha encargado de sacar adelante a su localidad Ciudad Bolívar por medio del arte, la cultura y la tradición de la historia.
Blanca Cecilia Pineda Cuervo, una mujer luchadora que desde pequeña se enamoró perdidamente de la cultura y cada una de las caras que el mundo puede ofrecer, con ayuda de sus padres Don Ricardo Pineda y Doña Ludovina Cuervo. Los mismos que en el año 1954 dieron a luz a la que hoy en día es una de las mujeres más reconocidas de su natal localidad Ciudad Bolívar.
Blanca y su familia compuesta por sus padres y ocho hermanos, hicieron parte de ese grupo de primeros pobladores del “Ismael Perdomo” quienes adquirieron el lote que sería las cunas de su infancia, por la suma de 500 pesos. Al igual que la familia Pineda Cuervo, muchas otras familias, encontraron en aquellas montañas llenas de vegetación, aire puro y un ambiente pastoril, el lugar ideal donde comenzar una nueva vida, donde pudieran establecerse y comenzar a cumplir paso a paso aquellos sueños que invadían la mente de aquellos nuevos soñadores que migraron por diversas situaciones hacia estas latitudes.
Aquel mismo sector en donde Blanca junto con decenas de niños y familias, vivieron su infancia, y comenzaron a construir lentamente esas hermosas memorias que la motivaron a ser aquella persona que años después terminaría siendo, un emblema e icono para su comunidad y para todos aquellos que admiran su obra, su legado y la historia que a través de su retina fue quedado grabada con tinta indeleble.
Los inicios de una líder incansable
Desde su infancia, un par de años antes de 1960, Blanca Cecilia encontró el amor de su vida, la cultura, que con sus diversas caras empezó a cautivar el corazón de una pequeña que encontraba en sus padres aquel referente que marcaría su derrotero y la impulsaría a construir un camino que sin saberlo, comenzaría a marcar un antes y después en Ciudad Bolívar.
Don Ricardo, un hombre humilde y trabajador, constructor de las primeras viviendas que actualmente son patrimonio material de la localidad, fue un líder nato, un hombre recio y trabajador que buscó ayudar a la comunidad, y que sin quererlo, fue transmitiendo ese legado de servicio y amor por los demás a su hija, que al día de hoy sigue recordando sus vivencias, y más aún sigue aprendiendo de ellas. Su padre fue un hombre valiente, que siempre buscó sacar adelante a su familia, formarlos para que fueran hombres y mujeres de bien; un hombre que sin saber leer y escribir, le transmitió los principios de trabajo, honestidad y rectitud a sus hijos. Su esposa, Doña Ludovina Cuervo, una mujer entregada a su hogar y dedicada a sus hijos, le enseñó a leer y a escribir; fue aquella mentora que permitió que años después, Don Ricardo fuera no solo el emblemático constructor de la vivienda, sino el arquitecto de las historias que por medio de risas y recuerdos, fueron cautivando a todos quienes tenían el placer de escucharlo, pero principalmente, a su hija.
La pequeña Blanca, inquieta por su permanente curiosidad, lo acompañaba y aprendía de las historias que le contaba su padre; relatos de la vida cotidiana mezclados con un toque de fantasía que sólo él sabía darle.
Entrados en los años 60, Blanca ya había memorizado con pasmosa habilidad, muchas de aquellas historias y fábulas como “La burra de don Fermín” o “El palo del ahorcado” que marcaron su tierna infancia. Aún recuerda como Don Ricardo la llevaba a la plaza y a la chichería, y subida en un “butaquito” hecho por su padre, se paraba a recitar esas historias que guardó y repitió en su memoria hasta hacerlas parte de su vida y que a día de hoy dibujan en su rostro una sonrisa.
Construyendo historias sobre el cemento
Con una tímida risa y una mirada hacía el horizonte, Blanca recuerda cuando a sus 6 años de edad, tenía el sueño de ir a la escuela, así que sin pensarlo dos veces, tomó una puntilla y un pedazo de cemento, de varios que guardaba su padre en su labor como constructor, y así decidió ir y hacer la fila entre decenas de niños que también aguardaban la ilusión de poder aprender. No fué una tarea sencilla para la pequeña Blanca, que luego de ser rechazada en numerosas ocasiones, persistió en su impaciente deseo por aprender, ya que ella sabía que las cosas en la vida costaban trabajo y esfuerzo, y más aún cuando se viene de abajo. Así pues, con suma claridad recuerda el día en que con su “ruanita” roja y sus alpargatas, esperó nuevamente hasta ser recibida y lograr entrar a aquel lugar que sería la cuna de sus primeros conocimientos, que permitiría a aquella niña soñadora, construir de a pocos una historia que apenas comenzaba a escribirse.
En los tablones de la escuela Remington Camargo, recuerda cómo con suma dificultad escribía con su puntilla sobre el duro cemento que había tomado de las obras su padre, para “fabricar” sus propias hojas de cuaderno y escribir. Su familia no tenía cómo conseguir un lápiz y muchos menos un cuaderno para ella, así que de esta manera, algo rudimentaria pero sorprendente a la vez, logró ser aceptada y cursar sus primeros años, hasta que tuvo la posibilidad de conseguir sus primeros cuadernos, donde ahora con mayor facilidad plasmaría sus letras, y conservaría sobre todo aquella ilusión de ver cómo la vida poco a poco abría las puertas a una pequeña historiadora que daba sus “primeros pasos” en el mundo de la academia.
Por la misma pobreza en la que creció, los libros eran algo casi económicamente imposible de contemplar para Blanca y su familia, así que tenía que pasar diariamente a la biblioteca Luis Ángel Arango para poder leer aquellos libros que no tenía la posibilidad de conseguir y así cumplir con sus deberes académicos, además de seguir cultivando ese amor incansable a la literatura.
Luego de unos cuantos años, a sus 12 “primaveras” comenzó a recapitular en sus cuadernos, cada una de esas 60 historias que quedaron inmortalizadas en su memoria y que motivadas por ese temprano amor a las letras, se fueron perfeccionando en su paso por el colegio y las constantes salidas a la biblioteca, que sería testigo de sus inicios como historiadora y escritora de la vida.
Los telecentros y sus primeros proyectos
Con brillo en sus ojos y esa tímida sonrisa que expresa lo que las palabras callan, “la profe” como la conocen popularmente, recuerda su primer proyecto a principios de los años 70, cuando por su constante amor a la comunidad hizo parte de una iniciativa que llevaría por nombre “los telecentros”. Lugar donde se buscaba mitigar el analfabetismo en los adultos, algo muy común en su localidad, pero sin descuidar nunca su pasión por la literatura y una rica historia cultural que merece ser conocida y contemplada como un tesoro que pone la vida frente a los ojos de cada colombiano.
—Colombia vive en Ciudad Bolívar —afirma Doña Blanca,con certeza.
Y es que como lo menciona Doña Blanca, con la mirada en alto y un tono de orgullo inconfundible, son muchos los pueblos indígenas que se han ubicado en este territorio y que por medio de encuentros culturales, han podido dar a conocer sus raices, sus pensamientos, sus creencias y más importante aún, integrarse a una sociedad rica y diversa, pero que lastimosamente cuentan con aspectos en común que los han marcado, como la pobreza, el conflicto armado, la discriminación y entre otras duras situaciones que se viven en el país. Así que estos encuentros han sido un renacer para muchos de ellos, indígenas, campesinos, desplazados y hasta incluso citadinos que se han asentado en este lugar, y que por medio de actividades de integración, conocimiento, memoria y apropiación, se han convertido en parte importante de la cultura y de la historia viva de una localidad en donde la palabra diversidad es una bandera que los representa como un pueblo unido.
Con templanza y valor, Doña Blanca logró rescatar ese patrimonio material e inmaterial de su localidad, buscando visibilizarlo, recuperarlo y promoverlo mediante las rutas de identidad y memoria. Pero no solamente ha luchado para conservar aquellos mitos y leyendas que la cautivaron a ella y a miles de habitantes de Ciudad Bolívar, sino también imágenes, artículos de revistas y periódicos incluso anteriores a su nacimiento, que evidencian cómo ha crecido su “patria chiquita” a la que nunca ha dejado de querer.
Una de sus obras bandera y a la que más amor le tiene, es “Memoria histórica de las víctimas del conflicto” un programa que busca defender la vida de aquellas personas, en su mayoría mujeres que han sufrido la violencia despiadada del conflicto armado. Con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada por el recuerdo de aquellas crudas experiencias, reconoce que este proyecto fue motivo de una de sus mayores alegrías, pero a su vez una de sus tristezas más grandes y momentos más duros en la vida, el exilio.
La vida durante y después del exilio
La vida como jardín de rosas, tiene miles de espinas, muchas de ellas quedaron clavadas en el corazón de Blanca Pineda, que tuvo que afrontar en 2004 el exilio de su propio país. Con sus ilusiones rotas y el alma hecha pedazos llegó a Chile con su pequeño hijo, Jean Paul, quien fue su constante compañía, aquel que nunca la dejó sola aún estando destrozada. Pero como el ave fénix que renace de sus cenizas, su fortaleza la hizo levantarse y permitió que durante aquellos 5 años y medio que duró en la ciudad austral, sacara adelante proyectos como obtener el estatus de refugiados a los colombianos en suelo chileno, luego de luchar incansablemente con Amnistía Internacional, no solo para que Chile fuera reconocido como un país de acogida, sino un lugar en donde los colombianos puedan tener aquella segunda oportunidad que buscan en el extranjero. Además se encargó de defender los derechos de las mujeres negras victimas de la trata de personas, una problemática que afecta a todo el mundo en diversas latitudes, pero que en muchas ocasiones se desciuda y aún más a la raza negra, a la que aún cuesta creer que se le siga restando aquella importancia y valor sobre sus derechos y su vida misa. Estas son obras que a día de hoy enaltecen el nombre de Colombia por su lucha, esfuerzo y valentía. Que le han permitido a Blanca crecer como un ser humano, forjado por duras experiencias, pero que a la vez han traído grandes satisfacciones que seguirán iluminando el camino de una líder que siempre buscará lo mejor para los demás.
Pasados aquellos duros pero fructíferos 5 años en territorio chileno, llegaría la tan ansiada fecha, que con la misma ilusión de un niño que aguarda a volver a casa, retornó a Colombia en 2010, en busca de continuar sus proyectos y no abandonar a la que fue su cuna de infancia. Retomó las iniciativas de las victimas del conflicto, pero además se enfocó en una hermosa labor para el futuro, promover la lectura, el arte y la cultura en los más pequeños, cambiando las armas por los libros y las balas por hojas llenas de color e ilusiones, la misma ilusión que se ve en el brillo de sus ojos, que han tenido que ver y vivir un sinnúmero de historias que han hecho de Blanca una mujer de hierro.
El amor como herramienta de transformación
Sancochos, carpas literarias y el baúl de las letras son algunas de aquellas poderosas herramientas, por medio de las cuales ha buscado acercar a los pequeños al arte, incentivar la lectura y que al igual que ella, sean capaces de escribir sus propias historias y las de una localidad, que anhela un futuro mejor para todos.
—Los sancochos literarios son espacios que se dan porque la gastronomía también nos une como personas y se puede aprovechar para hacer encuentros entre las comunidades y fomentar el arte de la lectura —dice Doña Blanca sobre su iniciativa “sancochos literarios”.
Escucharla hablar de “el baúl de letras” es como oír a un niño lleno de ilusión contando su historia favorita una y otra vez. Es un proyecto hermoso, como todos aquellos que ha impulsado, con la misma fuerza inagotable que la caracteriza, pues ha buscado con ayuda de la alcaldía de Ciudad Bolívar, vecinos y amigos, crear sus propias bibliotecas rurales, urbanas y móviles para cada uno de esos niños que no tienen la oportunidad de conocer el mágico mundo que se esconde tras las letras de un libro.
Y es que Blanca Cecilia Pineda, es una fiel creyente de que por medio del amor y del arte se puede cambiar la sociedad, por medio de esa “vena artística” como ella le llama, y un poco de amor, se pueden lograr grandes cambios. Y son precisamente los niños y los jóvenes los llamados a hacer este cambio, a transformar la historia, a conocer el mundo a través de las letras, el baile, la pintura y todas las vertientes que tiene la cultura.
Esta herramienta ha sido un poderoso instrumento, mediante el cual ha desarrollado iniciativas socioculturales durante los últimos 10 años, en pro de rescatar la memoria y más importante aún, ayudar a las mujeres víctimas del conflicto mediante proyectos como “costureros para la memoria” que promueve el tejido y confección de arpilleras de manos de aquellas mujeres que buscan encontrar por medio de la reintegración social una segunda oportunidad en la vida.
Una vida entera a una obra en construcción
Días enteros harían falta para hablar de todos los proyectos e iniciativas que constantemente impulsa Doña Blanca, una mujer inquieta y motivada por cambiar el mundo, así sea por lo menos desde su comunidad, una persona que desde pequeña se ha enamorado perdidamente del arte, la lectura, la historia y lo que esta conlleva, la cultura con sus múltiples vertientes, pero más que todo, se ha enamorado del servicio, de ayudar a quienes verdaderamente lo necesitan, buscando una sonrisa, una oportunidad, un espacio para el cambio y para hacer de su amada localidad Ciudad Bolívar un lugar mejor.
A día de hoy en 2021, a sus 66 años, cuenta con reconocimientos importantes, desde ser la gestora del patrimonio de Bogotá, artista mayor, un reconocimiento por la UNESCO a su obra literaria “Colcha de mil retazos” que trata las historias de su barrio Ismael Perdomo, y su más reciente galardón “Vida y Obra” que en palabras de la propia Blanca Cecilia es el que más satisfacción le ha generado; fue entregado a principios de 2021 y reconoce toda su labor social a lo largo de los años, su esmero en reconstruir la memoria histórica de su localidad, el mérito de impulsar importantes programas culturales y más que cualquier otro logro, destacar su amor por la humanidad.
Pasarán los años y vendrán nuevos proyectos, nuevas metas en las que como dice ella jocosamente “siempre caerá”, pero con su entrega y fortaleza estará dispuesta a luchar incansablemente por su gente, por su comunidad, por la vida, dejando un legado y una huella imborrable de amor y de servicio en una obra que aún está en construcción.